Unas pequeñas ondas concéntricas llamaron poderosamente su atención. Apenas rizaban la tersa superficie del agua, pero hicieron que todo su cuerpo se estremeciese de pavor. Sabía que, bajo aquellas aguas, en los más profundo de aquel mundo líquido sobre el que se desplazaban, un horror sin nombre había construido su propio reino, y lo regía con férrea crueldad.
-¡Rápido! ¡Asid los remos y bogad como si el mismo infierno se abriera bajos vuestros pies! -gritó a voz en cuello cuando al fin pudo recuperar el control de sus miembros inertes.
La cubierta bullía de actividad, convertida en un hervidero de hombres agitados, muchos enredados aún en las últimas telarañas del sueño. Las gruesas lonas negras de las velas se desplegaron, hinchándose perezosamente gracias a la suave brisa estival. La osamenta de madera de la nave gimió por el esfuerzo, y pronto sintió como su marcha comenzaba a acelerarse.
-Señor -susurró uno de sus subalternos-, ¿acaso no pretendíamos deslizarnos sin ruido sobre El Nido? ¿No lo atraeremos con el chapoteo de nuestros remos? ¿No seguirá la blanca estela que dejamos sobre las aguas?
-Ya sabe que estamos aquí.
Los ojos del anciano se abrieron como si quisiesen engullir todo su arrugado rostro, y pronto se vieron colmados de lágrimas.
-Tus lloros no nos ayudarán a salir vivos de aquí -prosiguió el capitán-. ¡Cómitre, no oigo el ritmo del tambor!
Pero de pronto un gruñido innatural se elevó sobre el potente chapoteo de los remos. Era un sonido profundo y aterrador, que hizo que muchos de los remeros tratasen de taparse los oídos con las manos, olvidándose de bogar.
-Dios mío, ya está aquí -gimió Gustaff.
El capitán se dirigió presto a su camarote. Cuando iba a entrar en el castillo de popa una sombra se elevó sobre las aguas. Aunque apenas la vislumbró, los gritos de miedo y dolor y la terrible sacudida que lo arrojó contra la pared no hicieron sino conformar sus más oscuras sospechas. Se levantó como pudo, obligándose a no volver la vista mientras notaba como el barco comenzaba a escorarse sensiblemente. Apoyándose en las paredes para facilitar su avance, el capitán logró llegar al camarote. Se abalanzó sobre su viejo escritorio y sacó una pequeña caja de uno de los cajones. No tenía ninguna seña distintiva, ningún grabado. Sólo madera lisa. Pero su contenido...
Otra enorme sacudida lo arrancó de sus disquisiciones. Se encaminó hacia el exterior y abrió la puerta. Pero pese a que sabía lo que le depararía, la dantesca escena que se desarrollaba antes sus ojos casi le hace perder la cordura. La ingente criatura que ante él se elevaba era una abominación, algo que jamás debió de existir, que ninguna mente humana sería capaz jamás de asumir. El entablado de cubierta estaba teñido de sangre y los restos de los que una vez fueron sus hombres estaban dispersos por doquier, horriblemente mutilados, medio devorados. No había supervivientes. El barco estaba prácticamente quebrado por la mitad y el agua comenzaba a inundarlo todo velozmente, arrastrando misericordiosamente de su vista los cuerpos de sus compañeros. Y entonces aquello lo miró. O, al menos, notó su presencia, pues no había nada sobre la superficie de aquella bestia marina que se asemejase a unos ojos. Pero aquellos tentáculos viscosos, erizados de púas y aceradas escamas, comenzaron a reptar hacia él. Quería la caja. No tenía idea de cómo podía saberlo, pero quería la caja. Aquella certeza le dio nuevas fuerzas surgidas de la desesperanza y se preparó para saltar al mar. Pero como si pudiese escrutar hasta el último rincón de su mente, la criatura apresuró su marcha y el extremo de uno de sus tentáculos se cerró dolorosamente sobre el tobillo de Gustaff. Podía sentir como las escamas tajaban piel y músculo, mientras nuevos extremidades de la criatura comenzaban enroscarse a su alrededor. El dolor era terrible. Sentía el calor de su sangre derramándose, al tiempo que un frío gélido lo invadía. Pronto el dolor dio paso a una terrible indeferencia, mientras al borde de la inconsciencia, veía pedazos de carne desprendidos de su cuerpo. Entonces, una voz se abrió paso en su embotado cerebro.
-Muy bien, mi pequeña criatura. Afloja tu presa, pues aún tiene algo que me pertenece.
Los afilados tentáculos que lo sujetaban desaparecieron, y Gustaff cayó desmadejado aunque consciente en el suelo. Tan sólo podía observar las letales garras y las correosas alas de alguna criatura voladora, y unas pesadas botas que descendieron al suelo.
-¿Pensabas que podrías huir de mí? -el recién llegado lanzó una patada al maltrecho cuerpo de Gustaff para girarlo y rebuscar entre los jirones de sus ropas.
Ahora podía verlo claramente. Su rostro atemporal, la rizada melena rojiza y la barba corta que cubría su rostro. Intentó hablar, pero su garganta aplastada y ensangrentada se lo impedía. Entonces el rostro del individuo se crispó en una mueca de furia. A través de las tinieblas que lo envolvían Gustaff pudo ver como el ser arrojaba por la borda la caja vacía. Sorprendido, Gustaff comprendió que los habían engañado a todos, que había sido el cebo. Pero al menos aún no estaba todo perdido. Aún no...
Y con éste pensamiento, Gustaff se abandonó al cálido abrazo de muerte mientras que en sus oídos se extinguía el grito de frustración de Naggar.
